martes, 18 de noviembre de 2014

Tendrás que cambiar si deseas un cambio.


El reto de este mes de noviembre: No se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá usted vivo de ella. —De Elbert Hubbard. —Propuesta por Frank Spoiler.




Tendrás que cambiar si deseas un cambio.

 Salió de trabajar bastante cansado. No quería volver a casa.  Desde que se enteró de que su mujer le quería dejar, era incapaz de mirarla a los ojos.

Llevaban casi veinte años casados. No habían podido tener hijos, a pesar de ser uno de los grandes sueños de  ambos. El tiempo, sin querer, se les había escapado entre obligaciones.

Primero desearon tener una gran casa; cuando consiguieron dar la entrada, había que amueblarla. Por supuesto, que el coche tenía que estar acorde con la vivienda, y por supuesto la ropa de marca que vestían.

Entre una cosa y otra, se les fueron los primeros lustros.  Después llegó la crisis y los problemas laborales. No era momento de flaquear, de dejar de dedicar tiempo a mejorar laboralmente, pues algunos de sus amigos habían sido despedidos recientemente, y si eso les sucedía no podrían mantener el estatus que tenían.

Todo iba bien, hasta  que la empresa contrató a un nuevo gestor. Era un hombre joven, de unos 37 años —cinco menor que María, su esposa—, y que siempre tenía una sonrisa prendida de su rostro.

Poco a poco notaba como el carácter de María iba cambiando, se cuidaba más, se arreglaba mejor, y poco a poco se había ido impregnando de esa sonrisa contagiosa.

¡Cómo le odiaba! No sabía cuándo le había comenzado a odiar… pero le odiaba.

Le hacía responsable de la pérdida de su esposa.  No podía pensar que él mismo tuviese la responsabilidad por no haber cuidado  su estabilidad matrimonial.

—    Ya son las siete de la tarde… No volveré esta noche. Dormiré en un hotel. No soportaría volverla a ver y saber que está pensando en otro — se dijo a sí mismo, mientras se dirigía a la playa.

Se bajó del vehículo, se dirigió a la entrada de la playa y allí se descalzó. Comenzó a caminar por la arena,  mirando al horizonte.  Sin darse cuenta caminó dos kilómetros, despacio, zapatos en mano… y con un solo pensamiento en su mente: No volver a casa jamás.


Notaba cómo las lágrimas se estaban intentando escapar de sus ojos…  Paró, se sentó un poco alejado del agua, se tumbó hacia atrás, y comenzó a recordar viejos tiempos. En realidad, los instantes realmente felices fueron muy pocos.

De repente notó cómo algo se acercaba. Era un perrito, que llegaba juguetón a su lado, y su dueña corría detrás de él.

Sin quererlo, la joven lo llenó completamente de arena. Él puso cara de estar perplejo, y ella rió a carcajadas.

—    Disculpe. Se me escapó Whiskie y si no se llega a parar a jugar con usted, no lo cojo en toda  la tarde — comentó la muchacha, divertida.

—    No se preocupe —comentó Fabián, nuestro protagonista— Me encantan los animales.

—    ¿Tiene alguno?

—    No, no tengo ninguna mascota —contestó con tristeza.

—    ¿Y niños? Esos sí que son complicados de controlar…

—    No, tampoco niños — contestó más triste aún.

—    ¿Y qué le trae por esta playa a esta hora si no es pasear a un perro o jugar con los niños? — tuvo el descaro de preguntar Katty.

La cara de tristeza de Fabián fue respuesta suficiente para Katty, que tirando de la mano del joven, comenzó a  intentar correr, llamando a su mascota:

—    ¡¡¡Vamos, Whiskie!!!

Al comienzo le costó seguir a la joven, pero pronto inhaló fuerte y siguió corriendo de la mano de ella, esta vez con una mejor sonrisa.

—    ¿Lo sientes? Para que exista un cambio, tú has de comenzarlo. Cambia y tu entorno cambiará — comentó la muchacha.

—    Tienes razón — dijo Fabián—, esta vez con los ojos llenos de vida.

—    ¡No se tome la vida demasiado en serio. No saldrá vivo de ella, se lo aseguro! —dijo Katty— mientras se dirigía a la orilla del mar, para, juguetona, mojar al joven…

Lo que ocurrió después es otra historia… ¿me ayudas a contarla?


Irene Bulio © 2014

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