Amigos de google.

sábado, 26 de mayo de 2012

Una tarde cualquiera...


Era casi al atardecer, desde su ventana se podía ver el mar. Se sentía aprisionada en su pequeño apartamento de apenas 50 metros cuadrados. Abrió la ventana, deseaba que una ligera brisa entrase para acariciar sus mejillas, pero en cambio se encontró con una bocanada de aire caliente, como suele suceder en las tardes de verano.

Cerró tímidamente los ojos, deseando que llegase la noche para poder encontrar un poco más de frescor en el ambiente. Apenas estuvo unos instantes así, cuando sonó el teléfono móvil. No tenía ganas de ir a buscarlo.  Sólo deseaba algo de fresco, mientras, con los ojos cerrados, respiraba pausadamente, intentando sentir paz en su alma.

El teléfono ya dejó de sonar, volvió a respirar profundamente, sintiendo el aire en su estómago. Esta paz sólo le duró unos segundos, pues el puñetero teléfono volvía a sonar de nuevo.  Pensó por un instante que si no lo cogía volvería a estar sonando así durante toda la noche, y eso sí que iba a ser un tormento.  Con pereza dio un par de pasos hacia la mesa de noche, estiró su mano y cogió el pequeño móvil que no paraba de sonar.

     Dígame.

     Hola, ¿cómo estás amor? — contestó una voz masculina al otro lado de la línea.

Por un instante quiso morir, también deseó volver unos segundos atrás en el tiempo y no haber cogido esa llamada.  Su mano le temblaba… su voz también.

     Bien, y tú, ¿qué tal te encuentras? — preguntó con temor, sintiendo como su estómago quería jugarle una mala pasada.

     Estoy aquí, en la ciudad, apenas a unos metros de tu casa, ¿te vienes a tomar un café?

Ella no cabía ya dentro de su cuerpo. Cada vez estaba más nerviosa. No paraba de decirse a sí misma que no volvería a caer en el error, al menos otra vez con la misma persona no.

     Ya es un poco tarde, no tenía pensado salir de casa. Además ya no vivo en el mismo barrio.

     Lo sé. Sé que te mudaste hace unos meses. Por eso te comenté que estaba justo a unos metros de ti —comentó él con su tintineo de voz  habitual.

     ¿Cómo has averiguado donde vivo?

     Casualidades de la vida. Esta misma mañana me encontré con Marta y me dijo que te había ayudado a hacer la mudanza. También...que quemaste todas nuestras fotos.—Tras estas palabras se hizo un eterno silencio, aunque en el tiempo sólo duró unos segundos.

     Es cierto, te informaron bien. Cuando dejo algo atrás lo hago para siempre.

     No seas rencorosa. Si al final no acabó tan mal. Ambos tuvimos nuestra libertad, cada cual obtuvo lo que deseaba.

     ¿Estás seguro de que yo quería ese tipo de libertad? — preguntó ella, dolida.

     Fue lo que hablamos, tú misma me dijiste que debía tomar una decisión, debía comprometerme con algo. Te hice caso. Seguí mis sueños.

     ¿Y llevas ya esos sueños en tu mochila?— esta vez, su tono de voz era algo irónico.

     Bueno, sólo te he dicho que te hice caso y perseguí mis sueños. Busqué y busqué, pero no hallé la paz que creí encontrar. Y mira que miré hasta debajo de la tierra, sobre los árboles, dentro de un millar de libros — Ahora el tono de burla era el de la voz de él.

     ¿Que no hallaste qué…?

     Que no hallé la felicidad que buscaba. — se hizo una pausa de silencio— Bueno, ¿qué? ¿vas a bajar a tomar un café o me invitas a tomarlo en casa?

En este instante  ella ya estaba temblando completamente. No podía olvidar su mirada, el roce de su piel, las miles de sensaciones que habían vivido juntos, que habían compartido. No sabía qué hacer. La decisión debía ser rápida.

     Bueno, vale, espera 15 minutos y estaré ahí. Exactamente en ¿en qué cafetería estás?

     No he entrado aún en ninguna, estoy en plena calle, así que te llamaré dentro de un cuarto de hora.

Cuelga el teléfono. Se dirige presurosa a la ducha, mientras se va quitando la camisa por el camino; ahora se desprende de sus bragas a la vez que desabrocha el sujetador. Está muy nerviosa, dolorida, malhumorada, aunque llena de ilusiones otra vez… y también excitada, muy excitada… lo comprueba al verse, de bruces, ante el espejo. Sus pezones apuntaban desafiantes... cual pitones de miuras en el ruedo. Sonrió, no se sentía así desde hacía muchos meses; bueno, concretamente desde hacía un año, dos meses y doce días, la última vez que hizo el amor con Lucas.

Abre presurosa el agua caliente, se intenta relajar un poco bajo la ducha; toma el champú en sus temblorosas manos y lo extiende por su lacia melena, mientras las yemas de sus dedos acarician su nuca. Con los ojos cerrados casi parece que los dedos que la estaban masajeando eran los de su amor perdido, ese que ha vuelto hace unos instantes a su vida, pero que ella quiere tener al otro extremo del mundo.

Abre el grifo con más fuerza aún, quiere parar esos pensamientos, quitarlos de su cabeza y prueba a intentar que el agua se los lleve a través del sumidero. Cierra el agua de nuevo y se aplica un poco de suavizante en el cabello. Coge el gel de ducha, su favorito, aroma a melocotón… también es el favorito de Lucas. Una vez que tiene una porción del tamaño de una nuez en sus manos, las frota suavemente, y comienza a esparcirlo por su cuerpo.

Su mente vuelve a volar de nuevo. Sus manos han ido directamente a sus axilas, comienza a acariciarlas con ese ligero toque de jabón, a la vez que llega a sus pechos y tropieza con sus pezones erectos aún. Ahora no puede parar de acariciar sus senos, recordando como eran devorados en antaño, una y otra vez, produciéndole unas corrientes de placer que recorrían todo su cuerpo. Cerró los ojos e imaginaba que era Lucas quien estaba a su lado, acariciándola, besándole el cuello. Sintiendo todo su fuego alrededor del cuerpo, compartiendo unos grados de temperatura que el recorrido del agua por la piel con conseguía bajar.

No quería pensar en ello… Se seca una de las manos y enciende la radio que tiene colgada en la pared del cuarto de baño, a un par de metros. Pone la música a todo volumen… y vuelve al plato de ducha… Se ubica frente al grifo, deja su rostro bajo él, el agua fluye, cosquillea toda la parte delantera de su cuerpo, mientras ella acaricia sus nalgas… Sus dedos comienzan a juguetear en el jardín prohibido.



Mientras, Lucas llega al portal donde vive la joven. Afortunadamente —o desafortunadamente, según se mire— iba bajando una muchacha que se le quedó mirando, encandilada, a sus maravillosos ojos verdes. Él aprovechó el paso de la joven para entrar en el portal. Miró los buzones, y pronto supo cuál era el de Isabel. Tenía la costumbre de no poner nombre en el buzón. Sólo existían tres buzones con el número de la puerta. Descartó el del bajo, pues no le gusta el ruido de la calle. Descartó también el tercero, pues nunca le gustó ese número, así que sólo quedaba el 6ª Dcha... Además, él estaba seguro de que a ella le gustaban las alturas, observar a la gente desde la distancia, inventar en su imaginación pequeñas historias sobre las vidas de los transeúntes  que veía pasar por la calle, y nada mejor que  el último piso para ello. Se habían conocido un 6 de Diciembre, ¿quizás no pudo haber elegido esa vivienda por recordarle uno de los episodios más hermosos de su vida?

Se dirigió al ascensor, tuvo que esperar unos instantes, y mientras Lucas recordaba como había conocido a Isabel. Era domingo, ambos habían ido a comprar unos regalos de reyes para sus sobrinos. Casualmente los niños querían el mismo videojuego, llegaron a la vez al vendedor a pedirlo… y sólo tenían uno en existencia. Los dos pensaban que el otro estaba casado y el juguete era para su hijo, así que se lo cedían el uno al otro constantemente, pensando que la mayor alegría de un padre el día de Navidad era ver a su hijo abrir un paquete con el regalo favorito en su interior. Al final decidieron dejarlo pendiente en el comercio y esperar a que el proveedor trajese otro a la tienda. Estuvieron desesperados esperando la llamada del comerciante hasta el mismo 24 de diciembre, y volvieron a encontrarse ese día en la misma tienda, cada uno con su videojuego. Decidieron después de la aventura tomar una copa para brindar por la Navidad y allí confesaron —para sorpresa de ambos, pues ya comenzaba a existir cierto “olor” a Cupido en el ambiente— que el regalo era para un sobrino y que ambos eran libres, no tenían pareja.

El ascensor se paró en la sexta planta.  Tocó el timbre de la puerta D, esperó unos instantes y nadie salía a abrirle. Estaba nervioso, se desesperaba… Recordó que Isabel tenía la costumbre de dejar la llave bajo la alfombra. La  buscó con rapidez, pero no halló nada. De repente sus ojos se posaron en una planta junto a la puerta. Levantó la maceta y allí estaba… La tomó entre sus manos e intentó abrir sigiloso. Sus piernas comenzaron a temblar. Desde el fondo del apartamento se escuchaba la música a  todo volumen. Sabía que no debía actuar así, pero algo en su interior le obligaba a hacer caso a su  corazón.

Se dirigió al fondo, hacia donde estaba la música; por el camino vio un sujetador y un tanga arrojado sobre la cama; no había perdido su costumbre de quitarse la ropa interior y tirarla con todas sus fuerzas por cualquier sitio, cayese donde cayese, poniendo a la vez cara de malicia….

La puerta del baño estaba entreabierta. Observó por unos instantes como se duchaba, y no pudo más, fue imposible contenerse.

Presuroso se quitó los zapatos, casi sin pensarlo. Mientras desabrochaba su cinturón, los vaqueros,... parecía casi que lo hacía todo a la vez. En unos segundos estaba sólo con sus calzoncillos. Miró divertido su entrepierna: se le formaba, por momentos, una tienda de campaña ante sus propios ojos…

Ya no podía más, se los quitó casi sin pensarlo, y los soltó al otro lado de la cama, junto al sujetador de Isabel. La visión de ambas prendas juntas le trajo buenos recuerdos. Parecía que el último año no había pasado, que fue ayer mismo cuando se dejaron.

Sonaba “Nada sabe tan dulce como tu boca” de Ana Belén y Víctor Manuel. Isabel intentaba aún relajarse, bebía a pequeños  sorbos el agua que salía de la ducha y a la vez la dejaba caer de su boca entreabierta…

Ya estaba bastante relajada, absorta en la música, cuando de repente sintió una calidez inusual detrás de su espalda. No quiso pensar, no quiso siquiera darse la vuelta a ver qué pasaba. Ella sabía muy bien…. Ella conocía ya aquella sensación.

De pronto otras manos se posaron en su cintura, mientras que unos labios lo hacían en su cuello. Quiso girar la cabeza, pero otra detrás suyo, se lo impedía mientras ya estaba besando sus hombros…

Las manos recorrían, ávidas, sus muslos, dirigiéndose rápidamente hacia su interior. En ese instante la tomaron por un costado como si estuviese bailando, y dio un giro de 180 grados. Ya estaba frente a frente con Lucas. Ambos comenzaron a besarse apasionadamente, mientras sus cuerpos ardían en calor.

Él notaba en sus dedos la humedad y el fuego que salía del interior de Isabel, mientras sus  pezones aún desafiantes, ¡qué digo aún! erectos como nunca antes pudo comprobar, le apuntaban en el mismo pecho.

Ambos cerraban los ojos por un instante, y al momento los volvían a abrir, como no creyéndose lo que sucedía. Él  levantó el muslo derecho  de la joven, con suavidad… la llevó muy despacio hacia la pared de azulejos, ya a una temperatura bastante agradable por el correr del agua caliente sobre ella, con un leve impulso  y tras adelantar un poco su rodilla derecha, le levantó la otra pierna y logró sentir todo un pozo de placer que cubría su alzada y traviesa masculinidad….

Los gemidos, acompasados,  se confundían con el ruido ensordecedor de la música y del agua al caer. Isabel no quería creer lo que le estaba pasando, prefería pensar que era un sueño. Había jurado y perjurado no volver a caer…al menos con alguien que le había causado tanto dolor… ¡¡pero placer, cuánto placer le estaba produciendo en estos instantes!!.

Para qué contar más…. Todos ustedes tienen en su mente lo que está ocurriendo, ahora les toca decidir qué final le daremos. ¿Los dejamos juntos por una eternidad? Me da que no, que eso no suele ser real. Lo normal  hoy en día es echar el polvo  y despedirse como buenos amigos, pero, tomemos una decisión diferente, dejemos que ellos decidan…

Inma Flores. 2012 ©